
Esta semana tenía la oportunidad de experimentar la Feria de Abril con mi “señorita,” la más aficionada de la Feria que he conocido en Sevilla. Después de esta semana dura, llena de trajes de gitana, rebujitos, tacones rotos y madrugadas que pronto se hicieron mañanas, creo que tengo mucho suerte por haber sobrevivida la experiencia.
Lo peor de la Feria, como una extranjera sin ritmo, es la presión de los españoles que quieren ver la guiri bailando Sevillanas. Esta molestia también me daba la oportunidad de practicar muchísimo mi español hablado. De hecho, intenté bailar varias veces antes que al final mi señorita vio la fatal que soy como bailarina y me dejó en paz. Pero los demás no eran tan compasivos. Pasaba horas – HORAS – protestando que soy incapaz de este tipo de movimiento, de hacer una cosa con los pies y otra con las manos a la vez. Mi amiga Francesca, por otro lado, se defendió muy bien bailando. Mejor cuando salía con ella; una distracción de la guiri menos divertida (yo).
En resumen, estoy sumamente contenta que veía a los dos grandes festivales de Sevilla: la Semana Santa y la Feria. Como dicen, son dos semanas distintas y hay que verlas para verdaderamente entenderlas. Soy muy afortunada por haber visto a las dos y por poder entender mejor la cultura Andaluz a través de ellas. Sin embargo, ahora puedo ver el fuego marcando el final de la Feria desde mi ventana; no puedo evitar en pensar en el 4 de julio, y recuerdo que echo de menos un poco mi propia cultura también.

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