He sufrido varias etapas durante esta relación, ya con solo 20 (casi 21… últimamente) años. El semestre pasado fue el apogeo de mi desilusión con el periodismo. Por un lado, había pasado quizás demasiado tiempo trabajando para el periódico de mi universidad sin cambiar mucho en mi puesto allí. Y otra cosa que no puedo negar es el re-descubrimiento de mi afición por la escritura creativa. Por alguna razón u otra, no puedo reconciliar las distinciones entre el periodismo y la poesía – para continuar con la analogía débil de una relación, las dos son relaciones distintas. Por lo tanto, pasaba los últimos meses envuelta en la poesía y abandonando un poco el periodismo.
Siempre me da miedo cuando me aparto del periodismo por más que unas pocas semanas. Me pongo nervioso que quizás, no sé como, he olvidado escribir. O he olvidado entrevistar. O he olvidado pensar en el momento, preguntar en el instante de la entrevista, o simplemente a ver las cosas cotidianas de una perspectiva periodística. Y soy muy capaz de convencerme de estas dudas.
Cuando me mudé esta semana desde la investigación para mi artículo hacia las entrevistas en persona, recordé rápidamente porque siempre me ha gustado tanto el periodismo (y porque siempre me ha frustrado de vez en cuando). Cuando empecé escribiendo artículos con 15 años, las entrevistas me daba una cantidad absurda de miedo. Ahora que he aprendido de pensar en las entrevistas mas como charlas y menos como eventos aterradores, agradezco lo bueno de las entrevistas en persona. No solo para la oportunidad de hablar con personas fascinantes, sino por una razón mucho más superficial: las entrevistas me obligan a ir fuera de mi zona cómoda. Literalmente.
Si nunca trabajaba en el periódico de mi universidad, nunca habría conocido con tanta profundidad a Iowa City. Igualmente, si no había elegido esta clase, no habría visitado a tantas partes de Sevilla ni conocido a tantas personas únicas. Es algo sencillo y básico, pero es una manera en la que el periodismo me ha ayudado en un nivel personal y práctico. Por lo menos, ahora conozco mejor las líneas de Tussam y no estoy siempre la Americana perdida en Sevilla.

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