Sabía bien antes que llegué a Sevilla que España, aunque no oficialmente, es un país Católico. Había estudiado en profundidad la "Reconquista" de España, la influencia de los Reyes Católicos (o, mejor, de la Reina Isabel) y sabía que hace muy pocas décadas España tenía la religión oficial Católica bajo la dictadura de Franco.No me sorprendí cuando anduve por las calles de Sevilla por primera vez y vi una iglesia en casi cada esquina de mi barrio. No me asombraron las retablos ubicuos de Jesús de la Pasión, de la Virgen de los Dolores. Yo crecía en una casa ciertamente Católica e hice cada sacramento de la Iglesia hasta la confesión. Los ritos de la iglesia Católica no son extranjeros para mi.
Lo que no sabía antes de llegar a España era como la fuerte e inevitable presencia de la religión en el país me afectará. Sabía desde mi adolescencia que las creencias católicas no son las creencias mías. Siempre tenía una multitud de dudas y preguntas que ningún sacerdote ni maestro de la religión me pudo contestar. Ya que me he quedado en Sevilla casi ocho semanas, y ya que he entrado en iglesias incontables con mis clases y de mi propia voluntad, la religiosidad del país me ha causado a pensar en el enorme tema de la espiritualidad mucho más que esperaba.
Ver y entrar en la Catedral de Sevilla, la Basílica de la Macarena, la Sagrada Familia en Barcelona — estas visitas conmueven el mente en una manera que no se puede replicar por simplemente mirar a las fotos. El aire pesado en una iglesia callada y ocupada sola por una o dos personas rezando solas en los bancos... Esta es una experiencia completamente distinta que entrar en una iglesia llena cada domingo a las 9 de la mañana, solo para repetir los movimientos del domingo antes.
En conjunto con mis visitas a algunos lugares espirituales, leí San Manuel Bueno, mártir por Miguel de Unamuno para una clase de la literatura española. Ya no puedo decir exactamente como entiendo la figura de Don Manuel — el protagonista y el sacerdote, el llamando "santo," que no cree en la vida después de la muerte ni en Dios, sino en su pueblo, la naturaleza, la vida activa y la muerte buena y contenta. Este libro es sencillo en su prosa, pero llena de significado aparte de las palabras solas.
Cuando empecé esta entrada no intentaba escribir una mini-novela, pero es difícil hablar concisamente sobre la religión. Mi estancia en Sevilla me ha puesto en una posición en que no puedo evitar la contemplación de la religión y mi propia espiritualidad — sin importar la poca que tengo. Con 20 años y menos que dos meses viviendo en Europa, ya no puedo concluir mucho más que ya dije. No he duscubrito mi "religión verdadera," ni soy atea. Pero me consuela que ya me quedo unos cuantos meses más en España, y también me quedo el resto de mi vida para continuar de tratar de esta pregunta en curso.

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