Tenemos cada tipo de programa que uno se puede imaginar. Competiciones de cocinar, programas de “realidad” sobre cualquier imbécil que encuentra la oportunidad, programas dedicados a la gente y sus mascotas, otros sobre las madres de dos familias que cambian de lugar por dos semanas, pasando todo el tiempo peleando con sus nuevas familias en frente de los cámaras. Brett Michaels, de todos los tontos que hay en el mundo, tenía tres versiones de su programa buscando “amor,” o buscando otra modela aspirante con la que podía ligar.
Miro a cada idiotez así en el televisor cuando estoy en los EEUU; de hecho, soy adicta de la basura que son los programas de mi país. Pero el programa sobre estos “Andaluces por el Mundo” me llamó la atención por su sencillez y falta de elementos absurdos – los que definen a nuestros programas. Creo que hay algo bonito, algo cariñoso sobre la premisa de seguir a los prójimos andaluces mientras que viven años sobre años en países extranjeras. No compartimos esta actitud de camaradería en los EEUU. No nos interesan tanto nuestros vecinos… preferimos pasar nuestra tiempo en la sofá con la compañía de Brett Michaels y su harem de mujeres desesperadas.

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